El futuro de la cerveza artesana en España en 3 preguntas clave

El futuro de la cerveza artesana en 3 preguntas

Nunca antes el concepto de baby boom que tuvo lugar en España entre 1957 y 1966 se había ajustado tanto a la situación actual del sector de la cerveza artesana en nuestro país. Ahora debemos estar, más o menos, en 1960.

Las similitudes no terminan aquí. El baby boom llegó a España con 10 años de retraso con respecto al resto de Europa Occidental y América. ¿Cuántos años hace que la cultura de la cerveza artesana está arraigada en Estados Unidos, Italia y ni qué decir de Bélgica o Alemania? Lo dicho.

El beer boom que vivimos a día de hoy se está traduciendo en un gran aumento de microcervecerías y marcas de cerveza por todo el territorio. Gracias a la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN), sabemos que en nuestro país en 2014 abrieron 130 nuevas fábricas de cerveza artesana. En 2013 fueron 84 y, en 2012, 42.

Antes de 2005, sin embargo, sólo había 27 cervecerías en España: la mayoría hercúleos lobbies como La Zaragozana, Damm o Mahou.

Con todos estos datos, no tenemos en cuenta las nuevas marcas de cerveza que han nacido en los últimos tiempos, denominadas gipsy brewers o, en su traducción al español, cerveceros nómadas. Su principal característica es que elaboran sus productos en una fábrica ajena. 

Como vemos, el sector cervecero goza de buena salud, pero… ¿Será siempre así? Después del gran aumento de la tasa de natalidad durante el baby boom, es de esperar que la tasa de mortalidad también se incremente en unos años.

¿Qué podemos esperar, pues, de nuestro sector?

¿Cómo terminará el beer boom?

A nosotros al menos se nos pasan algunas preguntas por la cabeza. Ahora intentaremos resolverlas.

 

¿La cerveza artesana es una moda?

Sí y no. A estas alturas no podemos negar que hay una cierta moda en todo este fenómeno. Cada día hay nuevas tiendas especializadas y supermercados, bares y otros negocios que incorporan la cerveza artesana a su catálogo de productos.

En cuanto a gastronomía, muchos chefs han sucumbido a los sabores y aromas de esta cerveza hecha con métodos naturales y artesanos.

La moda no termina aquí. Prácticamente hay una feria de cerveza artesana cada fin de semana. Muchas marcas de cerveza, de hecho, organizan la primera feria de su pueblo originario, algo más bien positivo. Fomentar tu producto entre el público local beneficia obviamente a tus intereses.

El problema no reside en las ferias, sino en las marcas de cerveza que participa en ella. 

Nosotros nos imaginamos una feria con productores locales y regionales, con una cerveza local y autóctona que no se haya estropeado con el ajetreo del viaje (en ocasiones, miles de km).

¿Tendría sentido que en una feria de un pueblo de La Rioja hubiera cervezas extremeñas, andaluzas o murcianas? Podría llegar a tenerlo si, como invitado especial, hubiera una cerveza producida en algún lugar lejano. Así los consumidores tendrían la oportunidad de probar algo nuevo, forastero.

Pero, ¿Qué tendencia predomina? En la mayoría de ferias sólo hay un par o tres de productores locales. El resto de marcas de cerveza son foráneas, algo que no beneficia ni a los consumidores ni a las propias marcas. 

Como consumidores, estamos conociendo sabores que jamás volveremos a probar. En cambio, no consumimos cervezas elaboradas en las inmediaciones, que fácilmente podríamos volver a adquirir en el caso de que nos gusten.

En cuanto a las marcas en si, ¿No será que viven de las ferias? Hay algo de preocupante en la necesidad de viajar de un lado para otro para conseguir que un negocio tenga beneficios, especialmente si la naturaleza de éste es precisamente el localismo y la proximidad. 

Más grave aún es que, en estas ferias, no asista el mismo autor de la cerveza como representante de su marca, sino su distribuidor. No sé a vosotros, pero nosotros lo hemos visto en vivo y en directo. Hemos acudido a una feria de cerveza artesana y, al pedir al feriante que nos hablara un poco de su producto, nos ha afirmado que él es solo el comercial. No sabía informarnos sobre la cerveza que estaba vendiendo.

Con todo esto, no queremos decir que estemos en contra del beer boom y todo lo que le rodea (nada más faltaría, formamos parte de este boom). La cuestión está en la violación y la vulneración de nuestros valores fundamentales. Estos valores hacen referencia a un negocio de cercanía, con un producto autóctono. ¿No es ningún disparate lo que decimos, no? 


Esta vulneración actual alrededor de un producto artesano como la cerveza nos recuerda a un caso similar: al de las ferias medievales. Hace unos años, era habitual que todo pueblo tuviera una feria medieval, pero la moda no fue muy duradera.

En apariencia, estas ferias estaban organizadas por los Ayuntamientos locales. Ello propiciaba, por un lado, que los vecinos acudieran a pasear y en ocasiones comprar a los feriantes. Por otro lado, los que se dedican a las ventas de antigüedades o de artesanía también asistían entusiasmados al evento: pretendían dar vida al pueblo y crear una actividad económica que beneficiara tanto al municipio como a los negocios cercanos.

Las ferias medievales, sin embargo, estaban en realidad gestionadas por supuestas empresas organizadoras de eventos, que sólo se preocupaban por hacer cash. Muchos artesanos, como Gorka Domínguez Osa, empezaron a quejarse de que estas compañías cobraban un impuesto demasiado elevado a los vendedores. Este alto gravamen, además, provocaba que su beneficio fuera mínimo. En ocasiones, no alcanzaba ni para cubrir los gastos de transporte, gasolina y comidas.

¿Qué está pasando entonces? Parece que los organizadores de las ferias medievales sólo querían forrarse, sin preocuparse por el valor de la artesanía. Y así les fue. Ahora los productores de cerveza también queremos forrarnos. Sin preocuparnos de la cerveza. Y así nos irá. 

¿Algo mal estamos haciendo, no? ¿Queremos ser Moritz o queremos ser productores artesanos? No hay nada de malo en ser unos u otros, pero quizá deberíamos repensarnos el adjetivo “artesano” que nos atribuimos, así como los principios que nos definen. Si sabemos trazar estos principios, seguramente también sabremos llegar a nuestro público objetivo, y no necesitaremos vender sólo en ferias para sobrevivir.

Productos naturales, de calidad, próximos y de km0.

Ésos son los valores que intentamos transmitir a las microcervecerías Slowbeer que instalamos por toda España. Luego ya es tarea de nuestros clientes el reflexionar sobre si logramos transmitirlos.

Pero volvamos al tema, que hablábamos de modas. Como toda tendencia, es probable que todo este entusiasmo desaparezca en unos años. ¿Qué pasará entonces? ¿Todo se desvanecerá?

Nosotros no creemos eso.

El núcleo duro seguirá allí, recogiendo frutos y éxitos, sobre todo si se ha trabajado siempre con una filosofía acorde, se ha enamorado al público local y se han elaborado productos de calidad.

 

¿Los grandes lobbies cerveceros comprarán las microcervecerías?

Bueno, eso ya está sucediendo, aunque de forma un poco aislada hasta ahora. Las microcervecerías de momento apenas hacen cosquillas a las superpotencias cerveceras, aunque sí que es cierto que en España se percibe una cierta preocupación de los más grandes. ¿Por qué será?

Heineken lanzaba a principios de año su Cruzcampo fresca, una cerveza según dicen recién elaborada y que se tiene que consumir antes de un mes desde que salió de la fábrica. Para seguir transmitiendo esta aura artesanal, envuelven las botellas en papel especial (así se protege de la luz solar) y afirman que en todo momento se mantiene la cadena de frío.

Todos estos argumentos de marketing nos suenan. Los llevamos anunciando hace años con el objetivo de conservar la calidad del producto natural que producimos. Quizá el argumento de la doble malta ya haya caducado.

La cuestión es que de momento los lobbies cerveceros prefieren sacar al mercado productos de más calidad, supuestamente artesanales y frescos. Y les funciona.

Pero también llevan a cabo acciones más agresivas. Entre líneas, de hecho, se puede intuir una cierta intención de seguir monopolizando el sector cervecero. No sea que algún día las micros tengamos una suficiente cuota de mercado como para convertirnos realmente en su competencia (a pesar de que son productos totalmente distintos).

Una de estas acciones más agresivas es la entrada reciente de Mahou-San Miguel en el accionariado de La Salve, una cerveza histórica de Bilbao. Nació en 1886 y, tras casi 100 años de vida, murió.

El año pasado la Salve renació, con la intención de posicionarse como la cervecera de Bilbao, tal y como fue antaño: un importante lugar de reunión cultural, social, gastronómico y musical de la ciudad.

Tal iniciativa es muy potente y potencialmente explotable a nivel de marketing. Y ello no pasó indiferente a Mahou-San Miguel. Sus objetivos ahora son los siguientes: lograr una facturación de 14 millones de euros y una cuota de mercado en Vizcaya del 10% antes del 2019, según la revista Cerveza y Malta (núm. 205). 

Las metas de La Salve probablemente se cumplan. Mahou-San Miguel tiene una amplia presencia en el País Vasco. Patrocina, por ejemplo, el Athletic Club de Bilbao, así como es una empresa asociada del Museo Guggenheim. Además, han creado un plan de recuperación de una gran fábrica cervecera de Bilbao.

 

El caso de Moritz

Todo esto de La Salve nos recuerda a otro caso catalán: el de Moritz, que ya tratamos en su día en nuestro artículo El curioso caso de las cervezas fantasma.

Para entender este caso deberíamos situarnos primero en el contexto: Moritz nació cuando Louis Moritz aterrizó en Barcelona en el año 1851 para iniciar su aventura cervecera en la ronda Sant Antoni. La cervecería tuvo varios períodos de éxito y alcanzó una importante fama en Barcelona y Cataluña. En 1932, por ejemplo, Moritz controlaba ni más ni menos que el 34% del total del mercado catalán.

Tras una crisis de producción durante la Guerra Civil, la empresa se recuperó e incluso logró vivir uno de sus mejores momentos. Sin embargo, en 1970, la crisis del petróleo perjudicó a varios sectores económicos. Cervezas Barcelona S.A., la sociedad que gestionaba Moritz en ese momento, también se vio afectada por ella y no tuvo más remedio que desaparecer en 1978.

Tras tantos años, sin embargo, la cerveza había dejado huella en las vidas de todos los catalanes.

En este contexto es cuando aparece La Zaragozana, que quiere hacerse un hueco en el mercado catalán. Para conseguir su objetivo decide en 2004 reabrir Moritz, “la cerveza de Barcelona desde 1856”, dicen. Además, montan toda una mercadotecnia alrededor para reforzar su estrategia de marketing: etiquetan el producto en catalán (chapó por ellos, pocas superpotencias cerveceras lo han hecho hasta ahora, y está por ver si lo hará Mahou-San Miguel en euskera con La Salve).

Asimismo, dentro de esta estrategia que consiste en identificar a una marca con una ideología, la histórica Moritz da pasos para convertirse poco a poco en la cerveza de los nacionalistas catalanes. Es bien sabido, por ejemplo, que Moritz patrocina El Born Centre Cultural, un espacio convertido en mausoleo de la causa independentista. 

La marca también sacó al mercado el año pasado la Moritz Edición Especial 11 de Setiembre, con la que quiso conmemorar los actos del Tricentenario de 1714 y hacer un guiño más al independentismo.

En realidad, no hay nada de malo en esta estrategia de marketing. Nos parece totalmente respetable que una compañía decida participar en la recuperación del patrimonio histórico y cultural de un país, y que aproveche movimientos sociales y políticos para aumentar sus ventas.

El problema está en el engaño o, más bien, la ocultación de información. ¿Puede ser Moritz la cerveza del nacionalismo catalán cuando se elabora en la fábrica de la Zaragozana, situada en la c/ Ramón Berenguer IV, nº 1, de la capital de Aragón? Parece todo un tanto contradictorio. Claro que lo podría ser, pero si hubiera logrado posicionarse como tal con la verdad por delante desde un principio. La cuestión es que Moritz esconde en todo momento la ubicación de su verdadera fábrica. En la etiqueta no hay ni rastro, y en su página web tampoco. La Zaragozana, por su lado, tampoco admite que fabrica Moritz. Así podéis apreciarlo en este escaneado de la revista Cerveza y Malta:

Moritz

 

Otro hecho que ha identificado a Moritz con Barcelona, Cataluña y el nacionalismo ha sido la rehabilitación de la antigua fábrica de la ronda de Sant Antoni en 2011. A raíz de esta restauración, muchos catalanes piensan que la Moritz se elabora en esas instalaciones. En realidad, allí sólo se produce la cerveza que se consume en el mismo establecimiento.

El “brewpub” de Moritz, además, no sólo alimenta la falacia sobre la ubicación real de la producción. También se cree que la Moritz tiene algo de artesana, y en realidad no es de extrañar: Tiene un bar donde expone la maquinaria, y anuncia en su web que usa lúpulo Saaz y agua del Montseny.

Sin embargo, cualquiera que la pruebe notará diferencias artesanas entre una Moritz y una artesana, o lo que es lo mismo: una cerveza industrial/comercial y una artesana. Otro ejercicio curioso es comparar una Moritz elaborada en el brewpub y otra de las que se comercializan en los otros bares o supermercados. La diferencia no es abismal, pero suficiente.

Ante todo esto, quizá ahora Mahou-San Miguel, con principal sede en Madrid, también patrocinará eventos o centros culturales relacionados con el nacionalismo vasco. Quizá La Salve sea en breves “La cerveza de Euskal Herria”. Todo es posible, porque el mundo está al revés.  

  

¿Seremos capaces de desarrollar nuestra propia cultura cervecera?

Ésta es nuestra tercera y última pregunta. Nosotros tenemos fe en que sí. Obviamente, para eso primero tendríamos que dejar de asociar cultura cervecera con estilos incluidos en la guía del BJCP.   

También tendríamos que dejar a un lado la reproducción de estilos americanos, ingleses o belgas. Lo que tendríamos que hacer sería más bien difundir dichos estilos ya existentes bajo el concepto y la calidad de la gastronomía mediterránea. 

No hay que olvidar que nuestra tradición culinaria es mucho más rica que la de los países de donde provienen la mayoría de estilos cerveceros.

Los americanos definieron su propia identidad con la creación de variedades propias de lúpulos. Tal y como lo hicieron ellos, también lo podríamos hacer nosotros. 

En cierto modo, ya lo estamos logrando a partir de la adición de ingredientes locales a nuestros fermentados. Pero no es suficiente, puesto que ello no nos permite crear unos sabores identificativos con nuestro país. 

¿Os imagináis viajar al extranjero y probar una cerveza con un sabor claramente reconocido y asociado como español? ¡Eso sería fantástico! 

Maltear nuestros propios cereales o conseguir nuestras propias variedades de lúpulo sería, sin duda, realizar un paso gigantesco en ese sentido. Especialmente interesante será seguir cómo evolucionan las plantaciones de lúpulo autóctono en León.

Para ejemplificar la constitución de una cultura cervecera propia, también  podemos echar un vistazo a otro país mediterráneo: Italia. Durante estos últimos años, muchas micro-cervecerías italianas han producido lo que denominan una “comunión entre la cerveza y el vino”. Se trata de una cerveza refrescante, de complejidad variable, con un carácter a uva muy marcado.

La disponibilidad de una gran variedad de uvas en Italia, pues, ha promovido la aparición de un estilo propio de cerveza, incorporado este mismo año en la Guía de Estilos del BJCP. Se denomina Italian Grape Ale.

Sin embargo, Todo este desarrollo de la cultura cervecera en España tiene muchos enemigos. Para empezar, la misma moda. Sinceramente creemos que la mejor forma de adentrarse en los sabores de la cerveza artesana es desde una perspectiva profunda y didáctica.

De nada sirve que los nuevos consumidores de cerveza natural entren en el sector de forma superficial, porque ahora se lleva, sin pararse a pensar en las características organolépticas o saludables del producto que se están tomando.

Asimismo, entran en juego las campañas reivindicativas que tenemos que desarrollar como mecenas de la cerveza. Acercar el producto a los consumidores y hacerles tomar conciencia de la riqueza del mismo sería una buena forma de empezar.


También es conveniente recordar y hacer nuestros, sobre todo, los valores de proximidad, localismo y calidad. Si hacemos cerveza para irnos de viaje por toda España para venderla, algo va mal. Tus clientes están a tu lado, no a 1.000 km.

Si ya disponemos de un producto de calidad, próximo y autóctono, hay que tener en cuenta que seguramente también será explotable. Es nuestra decisión entonces vendernos a los grandes o no. Supongo que va en función de los principios de cada uno.