Las aventuras de un homebrewer novato (1)

Las aventuras de un homebrewer novato

Soy mayor de edad. Bastante mayor de edad. Pero hace solo tres años que descubrí la “cerveza”. La CERVEZA, en mayúsculas, la de verdad. Ya sabéis que no hablo de esas rubias que manan de grifos por los que se descuelgan gotitas por condensación avisando que te la van a servir lo suficientemente fría como para dormirte el paladar y parte del cerebro. No, no me refiero a ese sucedaneo refrescante, en el mejor de los casos. Hace tres años descubrí la cerveza, la otra cerveza.

He bebido cervezas que no creeríais. Mi paladar se ha deslizado por fronteras insospechadas cerca de la Puerta de Tannhäuser.  Leí a Jackson y a Calagione. Visité abadías belgas y entablé amistad con sus monjes. Me licencié en lámbicas, en IPAS e Imperial Stouts. Ayudé a hacer cerveza a homebrewers expertos. Visité micro fábricas por doquier. Hasta aprendí a decir Saccharomyces Cerevisiae. Pero jamás se me cruzó por la cabeza que un día me atrevería a ser yo mismo quien dirigiera toda aquella operación alquímica y ancestral. Pues me equivoqué y este es mi diario.

Día 1

Voy a dar el primer paso para empezar a ver el lúpulo desde el otro lado de la barra. He encargado dos kits para principiante y hoy voy a las oficinas de Cerveza Artesana a recogerlos. Es viernes, día en que los homebrewers se pasan por allí a recoger sus encargos. El local está lleno de paquetes. Algunos son pequeños: deben esconder un encargo de lúpulo simcoe y algo de levadura o unos quilos de malta cristal. Pero los hay más voluminosos y esos son de los míos. Me falta absolutamente de todo. Menos agua, no tengo nada. No, me equivoco, también carezco de agua porquè tiene que ser mineral o pasada por un filtro de carbono y reposada. ¡Que señora y exigente es la cerveza!


Encontrar mi encargo es fácil: tres cajas con mi nombre, grandes como mi ignorancia. Las abrimos para comprobar que no se hayan olvidado nada. En la primera caja hay un bote enorme con un agujero, un grifo suelto -que posiblemente encaje en el agujero mencionado-, una probeta, una cajita que esconde algo similar a un termómetro -más tarde me daré cuenta de la importancia del densímetro-; un vaso raro de color rojo con un chirimbolo en el centro; un tubo transparente con más curvas que Sofía Vergara; unas chapas de botella -¡¡al fin algo que me es familiar!!- y un bote de malta preparada Black Rock. Sí, llamadme cobarde, pero he hecho caso a Calagione y a mis amigos de Cerveza Artesana y la primera vez voy a hacerlo con un bote de esos. A mi se me antoja que puede ser como hacer leche a partir de leche condensada, pero estoy seguro que no puede ser tan sencillo. Tiene que haber gato encerrado.

¿¡Con lo bien que estaba yo en la barra del bar con los amigos degustando Stouts y Barley Wines, quién me mandaba a mi meterme a fabricar cerveza en casa?! Voy a contaminarla de algo que todavía no sé que existe, estoy seguro. Con lo despistado y manazas que soy, seguro que le meto algo sin querer que la arruina. Mientras interiormente voy cayendo en barrena, abrimos la segunda caja: un segundo cilindro blanco de dimensiones aún mayores que el primero con otro agujero (¿para qué quiero yo dos fermentadores?). Abrimos la tapa y me envuelve un olor dulzón que me sedujo desde el primer momento que puse un pié en una micro fábrica: malta, como me seduce el olor a malta. Me pasaría la vida oliendo malta. Y lúpulo, dos bolsas selladas que también me acerco al rostro para aspirarlas e intentar detectar el aroma que una vez envuelto en líquido me vuelve absolutamente loco.

La sesión de aromaterapia que acabo de recibir me devuelve la ilusión. La del niño que mezclaba Nesquick con todo lo que encontraba en el armario de las especias y les fabricaba un brebaje imbebible a sus hermanos. Una vez estuvieron a punto de cortarme la cabeza con un hacha: puse demasiado tabasco. Sí, hay un homebrewer en mi. Escondido, enterrado, a muchos metros de profundidad, en una cueva oscura cuya entrada sellada con barrotes vigilan dos Trolls mutantes y su mascota, un dragón estrábico con muy mal genio, y un regimiento de soldados imperiales armados con pistolas láser. Pero voy a sacarlo a la superficie. Lo voy rescatar para que haga cerveza. ¿Qué digo cerveza? Va a elaborar un cervezón único, indiscutible. Mis amigos cerveceros van a caer rendidos ante él.

-¿Tienes una olla grande en casa?

-¿Perdón?

-Sí, una olla con capacidad para unos 25 litros.

-Pues no.

-Pues también te pongo una.

-¿Y eso donde lo meto yo en mi piso?

Cargo los paquetes en el coche. Le pongo el cinturón al fermentador y, cual Thelma y Louise, arrancamos. Junto a mi querido kit enfilo la autopista rumbo a mi primera aventura cervecera mientras suena "Opportunity to cry" de The Holmes Brothers. Vaya si voy a tener oportunidades para llorar...Esperemos que en algún momento sea de alegría.

(continuará)